Cuento geek: Amor geek, amor bicho (Primera parte)
Eran las seis menos cuarto de una tarde nublada de agosto. Las nubes parecían haber bajado del cielo para ocultar al astro rey y dar paso a las gotas de lluvia que algún día se habían evaporado. El verano se estaba muriendo y sus últimas lágrimas estaban a punto de caer. Jaime esperaba taciturno y solitario en un costado de la puerta de su salón de clases a que el profesor de informática la abriera. Era el primer día de clases y esta, su última clase del día. Silenciosa y detenidamente observaba a sus condiscípulos pasar por los pasillos, algunos muy serios, otros sonriendo y algunos corriendo como queriendo escapar. Cavilaba, los observaba y analizaba pero, a ninguno saludó con un “¡Hola!” o “¿Cómo estás?”, solo con una mirada. Era como un bicho raro, alejado de todo, y parecía vivir en otro mundo. Ver a sus compañeros pasar, le pareció a Jaime como ver el flujo de datos, información e instrucciones dentro de la computadora. Como los datos, sus condiscípulos entraban; como los datos, los condiscípulos pasaban por los periféricos; como instrucciones dentro de una computadora, los condiscípulos ejecutaban una acción; y al final salían, como el resultado de una operación de datos e instrucciones dentro de la computadora.
Por fin pasaron los quince minutos de espera y a las seis de la tarde con un minuto arribó el profesor, abrió el aula y entraron los estudiantes. Atrás iba Jaime. Sin dar muestras externas de entusiasmo o deseo de estar en clase, Jaime se dirigió a la última fila de butacas y en la esquina más alejada del profesor, se sentó. Aunque por fuera Jaime Solá no mostraba ninguna emoción por la clase, por dentro estaba fervoroso por aprender sobre su asignatura favorita: la informática. Quería comenzar a jugar con datos, mejorar su entendimiento del sistema binario, aprender e implementar complejos algoritmos y desarrollar programas innovadores que de alguna u otra forma pudieran ayudar a hacer la vida más fácil para los usuarios y para él mismo.
El profesor, quien al entender de Jaime era un viejo de apariencia geek, de barba crecida, anteojos, jeans, camiseta de tux y cabello que denotaba cierta edad, se presentó ante la clase. Era español. Con un acento andaluz les dio la bienvenida. Tenía vasta experiencia en programación, desarrollo web y de software; dominaba a la perfección los lenguajes Pascal, C, C++, Java, JavaScript y PHP. Solá quedó maravillado al escuchar las palabras divinas del profesor. Era música para sus oídos. Se miraba en sus zapatos, sin duda, quería aprender informática y convertirse en uno de estos bichos raros (si es que todavía no lo era). Sin embargo, el estado divino en el que se encontraba le duró muy poco. Como era el primer día clases, el profesor, después de su introducción, solo repasó el sílabo, la organización y estructura de la clase y la dio por concluída. Jaime se quedó con las ganas de aprender algo nuevo el primer día de clases, estaba desilusionado y cansado pero, al mismo tiempo, esperanzado porque sentía que iba a aprender mucho ese semestre. Afuera, ya lo esperaban las primeras gotas de lluvia que empezaban a caer lentamente como lágrimas.
Jaime fue el último en dejar el salón de clases, salió como entró: solo y sin decir ni pío. Tenía que recorrer varios kilómetros para llegar a su casa, pues la escuela se encontraba en lo alto de una montaña.
Así que con la sabiduría de la tortuga, sin pausa pero sin prisa, se dirigió hacia su automóvil. Abrió la puerta, encendió la radio y la primera canción que salió fue una de Joaquín Sabina: “Amor se llama el juego”, decía la canción, “en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño.” Y continuaba: “y cada vez peor y cada vez más rotos y cada vez más tú y cada vez más yo sin rastro de nosotros.” Jaime se detuvo, y fiel a su forma de ser, intentó razonar y entender lo que quería decir Sabina con la letra de esa canción, pero no pudo. Nunca entes había estado enamorado y el tema del amor le resultaba muy poco familiar. Siguió pues su trayecto en la carretera, la cual estaba rodeada de álamos y paralelamente tenía su cauce un río. Por los árboles y la lluvia, que en ese entonces ya no eran lágrimas sino lagrimones, la visibilidad se vio reducida; apenas se podía ver la línea divisoria de los carriles de la carretera, y era imposible distinguir las luces de un carro si se aproximaba. Jaime iba en el camino y observó una luz tan brillante que lo hizo perder el control; se estrelló contra un álamo, sintió que algo le escurría de la frente y de repente vio la silueta de una mujer. La mujer vestía de negro, tenía un cuerpo bien definido y una mirada firme imposible de no ver. Él había escuchado leyendas sobre una mujer que la llamaban la Señora de los Solitarios, y tenía rasgos muy parecidos a los descritos anteriormente, pero gracias a su escepticismo nunca creyó que existiera. Al parecer, perdió el conocimiento y a la mañana siguiente encontró entre sus manos el siguiente pseudocódigo de un algoritmo en Java sobre el amor:
//Variable amor de tipo booleano: true o false
boolean amor = false;
// Objetos de la clase persona
Persona X = nulo;
Persona Y = nulo;
//Si X es igual a Y, amor es verdadero
if (X == Y)
{
Amor = true;
}
//Si no, amor es falso
else
{
Amor = false;
}
//Mientras el variable amor sea verdadero imprimimos
“¡¡Enamorado!!”
While (Amor == true)
{
system.out.println("¡¡Enamorado!!");
}
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- 11 de diciembre de 2009
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- Creaciones propias
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Anónimo
13 febrero, 2010jajaj buena programación
CHiCken
28 septiembre, 2010@CHiCken:
Creo que es de lo mejor. Cuanta lógica y coherencia hay en ese trozo de pseudocódigo. jaja. :$
Jorge
29 septiembre, 2010Bonito relato, el código lo mejor ^_^
Laura R
07 enero, 2011